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viernes, 9 de enero de 2015

La disidencia religiosa como acción política

En Arabia Saudí han castigado a un activista por "insultar al Islam" a recibir 1.000 latigazos, dicen. Es un activista liberal. Y ahí está lo relevante, en lo liberal.

Al hablar de persecución religiosa siempre se la enmarca como un problema moral, de intolerancia y fanatismo. El problema es que, si bien eso es cierto para las sociedades eminentemente laicas, las sociedades que no separan la política de la religión no lo tratan del mismo modo.

Os hablaré de la persecución religiosa en la Edad Media (que, como sabéis, es lo que mejor conozco) para que entendáis la diferencia. En la Edad Media, si bien se entendía que había una diferencia entre el poder civil y el poder espiritual, estaban totalmente interrelacionados y el efecto era el mismo que en el mundo islámico del presente. El catolicismo, a diferencia de la ortodoxia del Imperio de Oriente, contempló desde el fin del Imperio de Occidente la división de las dos esferas (algún Papa le llamó las "dos espadas").

Aunque la Iglesia era el agente de la persecución, sus castigos rara vez pasaban de una multa y penitencia. La Iglesia, aunque hoy cueste creerlo, era muy benigna y prefería el perdón al castigo. "Hearts and minds", que dirían en Estados Unidos. Es el poder civil el que castiga sin ningún cuartel la heterodoxia (es quien castiga la herejía con la hoguera, por ejemplo).

¿Por qué? Porque en las sociedades no laicas, cualquier sociedad pre-industrial, la disidencia religiosa es una forma de disidencia política. El poder civil tiene la religión a su servicio. Aunque tengan muchos conflictos, que los tienen durante todo el período, al final la jerarquía eclesiástica está muy subordinada (por mucho que el Papado quisiera que fuera al revés).

Los emperadores romanos* (bueno, Constantino y sucesores salvo Juliano) apreciaron el poder político del cristianismo, una religión mucho más estructurada y homogénea que las religiones mediterráneas tradicionales. El Imperio oriental, mucho más cristianizado, protagoniza la mayor parte de conflictos religiosos. Son las regiones periféricas las que abrazan formas heterodoxas al margen del credo niceno (monofisismo, monotelismo, nestorianismo). En la provincia de África el donatismo y su versión más extremista de los circunceliones tiene origen en una cuestión política (básicamente, los que no se doblegaron ante la persecución diocleciana y rechazaron el regreso a la comunión de los apóstatas que sí, llamados traditores).

Otro ejemplo muy evidente son los movimientos reformistas del fin de la Edad Media. No solamente el luteranismo, me fijo en los menos conocidos husitas (no los únicos, pero muy paradigmáticos). Nace como movimiento a raíz de la persecución del reformista Jan Hus y acaba eclosionando en revueltas populares sobre la cuestión de las relaciones de Bohemia y el Imperio.

Otros movimientos heréticos muy políticos fueron los dulcinianos italianos, radicales contrarios al feudalismo y las jerarquías eclesiásticas, hoy serían llamados terroristas sin ningún problema.

La disidencia religiosa es una forma de romper con el status quo, crear nuevas solidaridades por abajo contra el poder. Son actos de resistencia con las armas ideológicas de sus sociedades. La religión es un elemento socializador e ideológicos en el mundo preindustrial, por eso es un arma política. No es casualidad que la mayor parte de herejías medievales buscaran el ideal asceta del viejo cristianismo de los Evangelios, eran una forma de atacar a la sociedad desigual en la que vivían, al poder que los dominaba y de articular un ideal alternativo y mejor.

La innovación del mundo industrial es la ruptura de las viejas solidaridades religiosas. El laicismo crece a una velocidad vertiginosa en toda Europa, incluso en el sur de Europa. La Europa industrial, la de democracias liberales, ya no necesita la religión para articular la ideología, la política tiene nuevas necesidades. Las ideologías de nuevo cuño son las nuevas solidaridades para sociedades mucho más complejas. La religión seguirá siendo clave, pero ahora lo será porque articulará la reacción conservadora que eclosiona finalmente en los fascismos de la posguerra de la Gran Guerra.

Y también esto último lo podemos observar en el mundo islámico. El fundamentalismo islámico está actuando en países donde el laicismo estaba más arraigado. Iraq y Siria eran dictaduras seculares. Irán antes de la Revolución o Pakistán/Afganistán. La Argelia colonial y postcolonial. Se libra Túnez porque son los más liberales de todos ellos. En Egipto la revolución contra Mubarak fue cooptada por los Hermanos Musulmanes, islamistas moderados (y la contrarrevolución de Sisi lo utiliza en parte como justificación). El ISIS es el equivalente a nuestro fascismo.

Contextualizar de este modo el fundamentalismo islámico hará que se busquen soluciones más complejas que el buenismo de solucionarlo con educación, decir que es culpa únicamente del imperialismo o de su religión/carácter/cultura.

*En el mundo romano también se puede ver que no es exclusivo del monoteísmo. La persecución del cristianismo primitivo (o la destrucción del Templo de Jerusalén a raíz de las revueltas judías) obedece al mismo principio de la disidencia política. El cristianismo nace de movimientos extremistas judíos contra la dominación romana. Cuando comienza a extenderse por la parte helenizada del Imperio (el Levante, Egipto, Anatolia, Grecia...) se hace menos agresiva, pero igualmente se extiende entre las clases populares desfavorecidas. Las persecuciones más severas se producen cuando el Imperio está en proceso de transformación en lo que llamamos el Dominado, cuando el gobierno imperial se va haciendo más abiertamente autoritario y necesita nuevas legitimidades religiosas con la crisis de la religión tradicional. El cristianismo rechaza la religión romana y es un enemigo del Estado que niega la propia divinidad imperial. Diocleciano, iniciador de las reformas imperiales que culminó Constantino, fue el más feroz enemigo del cristianismo y otras religiones como el maniqueísmo. Constantino no se convierte automáticamente al cristianismo, durante su reinado usa igualmente la iconografía de Sol Invicto y algunos historiadores creen que habría querido unir el cristianismo a las formas más monoteístas de la religión tradicional encarnada en Sol Invicto. En cualquier caso, su control sobre la ortodoxia cristiana en desarrollo se produce mientras él no se había bautizado (lo que diga Eusebio no se suele tomar como cierto).

jueves, 13 de febrero de 2014

El origen medieval de la democracia

En estos tiempos agitados es frecuente leer la contraposición entre democracia representativa y democracia directa como una dicotomía entre falsa democracia y democracia real. La primera, delegada, es una donde la ciudadanía es cautiva de sus representantes, mientras, en esta visión simplista, la democracia directa es la única emancipación posible de la ciudadanía. Pero antes de hablar de ello quiero contextualizarlo un poco repasando las diferentes formas de "democracia" a lo largo de la historia europea.

Con el 15M corrió entre sectores diversos la idea de que la democracia real es la directa. Fruto de esta idea, aparecieron no pocas consignas sobre la democracia griega (realmente ateniense, la mayoría de ciudades griegas no dejaron de ser nunca oligarquías) y cómo ellos sí tenían democracia y nosotros no. Incluirían Roma si tuvieran idea de algo sobre su sistema político antes del Imperio (donde siguió relativamente vigente durante el período del Principado).

Lo primero quee Grecia y Roma hay que señalar que no entran en las definiciones estrictas de democracia, igual que las democracias burguesas del XIX difícilmente entrarían. Su ciudadanía, si bien tiene plenos derechos, es una franquicia muy limitada, los checks and balances son muy difusos, la alternancia en el poder es más que cuestionable y no existe ninguna división de poderes.

En Atenas, los ciudadanos representaban aproximadamente un 20% de la población de la polis (las mujeres no eran ciudadanas, técnicamente, mucho menos los extranjeros o esclavos), y tenía algunas instituciones donde no había elección alguna (generalmente por sorteo). En Roma era un porcentaje mayor, pero el sistema estaba diseñado de manera que la oligarquía gozaba de un enorme poder y sectores muy importantes de las clases humildes (los proletarios del censo por cabezas) tenían voto solamente nominalmente, porque a efectos reales ni siquiera solían llegar a votar y, si lo hacían, su voto valía mucho, mucho menos que el de un ciudadano de las clases medias, no digamos ya uno de las clases altas. Cicerón decía que en una sola centuria (una unidad de voto de los comicios centuriatos, la asamblea del pueblo en armas que votaba a magistrados con imperium y asuntos judiciales, así como declaraciones de guerra) del capite censi tenía tantos ciudadanos como todas las centurias de la primera clase.

Eso al margen, ciertamente se votaba directamente todo. Incluso las decisiones judiciales, si bien en ambos casos se fueron creando comisiones judiciales algo más reducidas para facilitarlo. En Roma fue mucho más lejos, de manera que había tribunales permanentes de senadores y caballeros, muy corruptos todos ellos. Los casos más gordos podían votarse en los comicios centuriatos, especialmente si había pena capital de por medio.

Pero las democracias modernas occidentales tienen sus antecesores directos en los sistemas de representación medieval: Parlamentos y Cortes, Dietas o el nombre que tuvieran. Para la política medieval, había una clara división entre gobernante y gobernado. Una sociedad jerárquica donde el poder era hereditario y pocas veces compartido.

Sin embargo, los gobernados tenían que asentir la acción política de los gobernantes. A todos los niveles de colectividad existían órganos que lo hacían. Evidentemente, más allá de comunidades locales, se necesitó un sistema para que la colectividad expresara su voz. No era, claro, democracia, si bien podían haber elecciones por medio (los más poderosos ejemplos fueron las repúblicas marítimas italianas).Quizá incluso se acercaran a modelos de repúblicas de propietarios más jeffersionianas como Islandia antes de ser cooptada por las élites islandesas.

La representación no se entendía como la entendemos nosotros, pero sí existía un concepto donde una serie de personas podían hablar en nombre de otras para expresar voluntades políticas sin necesidad de que toda la comunidad votara a cada momento. Estos representantes eran, fruto de una sociedad jerárquica, los magnates de sus comunidades. Generalmente los ricos propietarios. En una aldea quizá los más acomodados. En un reino serían los grandes nobles terratenientes. Pero el principio era el mismo.

Más allá, contrariamente a la opinión colectiva sobre las monarquías medievales, se esperaba del poder que actuara con justicia. Y esto era respetando las leyes. Por supuesto, la ley medieval es muy diferente a la ley de los estados modernos. Pero los monarcas no pueden ser arbitrarios, deben respetar costumbres, fueros y privilegios o afrontar las consecuencias. Las Guerras de los Barones en Inglaterra, con su famosa Carta Magna, son el ejemplo paradigmático de la resistencia a la tiranía de las sociedades medievales. En este sentido, los sistemas de representación medieval eran el mecanismo mediante el cual se controlaba la acción monárquica y fue una de las fuentes de conflictos del período (y las primeras instituciones en caer cuando las monarquías autoritarias del período moderno se construyen sobre las monarquías medievales).

Este medievalismo representativo sobrevive a la Edad Media en dos poderosos estados de la Época Moderna: Inglaterra y su poderoso Parlamento y la Mancomunidad de Polonia-Lituania. Mucha se dice de las tradicionales inglesas y su influencia sobre el desarrollo del liberalismo, pero la influencia de la Mancomunidad sobre el desarrollo incial de los Estados Unidos también fue notable. Una de las pocas federaciones existentes en su tiempo, un sistema representativo mucho más amplio que el inglés (donde, todavía en 1867 solamente votaba el 3% de la población), una monarquía electiva, amplios poderes de su cámara legislativa y parlamentos regionales.

La Francia revolucionaria, por otro lado, se deslumbró con la Roma republicana, creyéndose su heredera. Pero la Primera República le debía mucho más a la Edad Media de lo que habría gustado a los constituyentes revolucionarios.

Las democracias clásicas (por no complicarnos más buscando otro nombre) eran algo alienígena para la sociedad estamental del XVIII. Lo serían igualmente para nosotros. Son sociedades donde no cabe la separación entre estado y religión, pues la religión forma parte del más básico deber cívico. Eran sociedades cohesivas, donde una minoría propietaria dominaba a toda la sociedad hasta el punto de negarles los derechos que ellos tenían (al menos las mujeres romanas sí eran ciudadanas, aunque bajo potestad del paterfamilias). Las asambleas votaban sobre todo y podían hacer cosas como votar la ejecución de un traidor o exiliar a alguien sin que hubiera cometido delito alguno. En Atenas los cargos públicas se repartían al azar o mediante mociones particulares, donde ponían a carniceros sin experiencia ninguna a cargo de campañas militares (o a aristócratas populares un tanto megalómanos).

No es que fueran peores o mejores. Bueno, estoy seguro de que para cualquier persona coetánea a mí debería ser peor. La cuestión es que la democracia no es una Forma platónica venida de arriba. La democracia es una forma de gobierno que se desarrolla según necesidades y conflictos de la sociedad donde se desenvuelve. Mirar Atenas o Roma es como mirar la Suiza de ahora: interesante como ejercicio académico y de reflexión, inútil para solucionar tus problemas si no se contextualiza tanto los problemas que quieres solucionar y las soluciones que pretendes importar.

Otro día escribo sobre la democracia "real" (ahora que Suiza nos ha dado una lección de democracia muy bonita) y alguna otra vez haremos un poco de darwinismo político sobre la democracia.

lunes, 10 de febrero de 2014

La política a golpe de ad hominem

Vivimos en un país de cultura política limitada, herencia de una dictadura de 40 años que silenciaba en todo cuanto podía el interés político de la ciudadanía. Herencia también de unas estructuras políticas y sociales que nunca han buscado ampliar la base política sobre la que se construye la democracia, con partidos opacos y cerrados. La ciudadanía se ha ido alienando más y más de la política, considerándolo algo que no va con ella, algo ajeno a la persona corriente salvo para protestar cuando se hace mal.

También en aquellos que participan, sea donde sea y como sea, la cultura política hace que parezca más un concurso de gritos que la discusión racional. No ya entre partidos, sino dentro de los mismos es frecuente observar que el debate rara vez separa lo personal de lo político. La discrepancia se convierte en cuestionamiento personal, expresar una opinión contraria supone expresarse contra alguien. Se convierte rápidamente en ellos y nosotros.

Como sociedad o comunidades políticas, nos encontramos con una muy difícil separación entre el debate político y las cuestiones emocionales. La indignación rápida frente al argumento contrario, la ofensa personal por pensamientos diferentes y el socorrido argumento personal en lugar del político, el ad hominem como forma de argumentar y debatir.

El argumentum ad hominem (contra la persona) consiste en que, cuando la persona A expresa el argumento X, la persona B ataca a la persona A y esto hace que el argumento X sea inválido. Es una falacia argumentativa, porque el argumento puede ser consistente y válido al margen de las cualidades de la persona que expone el argumento. No se puede rebatir un argumento desacreditando a su emisor, pues el argumento que se sostiene en sí mismo, lo cual significa que es válido, continúa sin ser rebatido. Los dos ataques más habituales son cuestionar la autoridad del emisor en la cuestión (no lo ha estudiado, por ejemplo) o cuestionar sus cualidades personales (ideología, ética, intenciones...).

Voy a mirarlo en los dos grandes partidos y después en la "nueva política" que pretende ser diferente y todo eso que proclaman. No son tan diferentes en la forma de encarar el debate político, al fin y al cabo nacen de una misma ciudadanía que no ha cambiado por apoyar a A o B, o C.

Hubo un tiempo, hace unos años, en que estuvo de moda aquello de la crispación. A menudo pasa que los medios le cogen el gusto a un término o concepto y no lo sueltan hasta que lo aborrecemos de tanto repetirlo. A todos nos disgustaba mucho cómo PP y PSOE, PSOE y PP (o CiU y PSC aquí) se pasaban plenos y debates acusándose mútuamente de esto o aquello. La forma usual es responder a una acusación, la que sea, señalando que, cuando ellos tenían en sus manos el gobierno, hicieron o no hicieron algo. Otra habitual es atribuir segundas intenciones, verdaderas o no, al argumento para desacreditar al otro partido sin entrar en lo importante, que es lo que dicen.

Todos conocemos bien el debate político del llamado bipartidismo y me aburre mucho hablar de ello. Lo tenemos muy visto y seguimos viéndolo constantemente. No creo que necesite seguir con ello. Me interesa más la supuesta nueva política. Afición a la fina ironía que la humanidad crea inintencionadamente. 

Como militante de un partido institucional, uno se acostumbra a ello. Lo más socorrido es, siempre, sin tener ningún tipo de conocimiento en el que basarse, que estamos esperando una silla, cargo, enchufe. Y puede ser. Pero eso no hace nada por sumar o restar validez a ningún argumento. No por tener ambiciones un comunista va a ser menos comunista, ni un liberal dejará de serlo. Esto podría dar mucho de sí sobre cómo llevar el argumento político al terreno de la moralidad y vaciar de contenido la crítica política, pero creo que merecería su propia entrada y ésta se alarga ya bastante.

Otra forma de ad hominem, aunque en esta ocasión el objeto es el mismo emisor de la falacia, es cuando quieren reafirmar sus argumentaciones planteando lo honestos e íntegros que son. No digo argumento de autoridad porque no es tanto atribuirse conocimiento o experiencia al margen del argumento, sino que inciden en cuestiones éticas o emocionales para probar que sus argumentos son más poderosos. Alguna vez me he encontrado en la divertida situación de que apelen a algo que yo pienso para pretender ser mejores que yo.

Un caso especial son algunos tuiteros indepes hiperventilados. Estos son verdaderamente geniales. El insulto cuando leen algo que no les gusta es su respuesta instintiva después de usar demasiados ad hominem para su salud. Son el típico trol de internet, pero centrado única y exclusivamente en un tema: Catalunya y la independencia. Cuando hay artículos sobre ello en el blog de la agrupación tenemos momentos muy especiales. Luego están los españolos ultranacionalistas que directamente hacen apología fascista o insinúan violencia política cada poco.

En conclusión, como sociedad tenemos un problema muy gordo cuando no somos capaces de argumentar racionalmente. No ya por ir a lo emotivo y superficial como primer impulso, que también es un problema. No, el principal problema es no saber cómo hablar. El ad hominem no tiene que ser un insulto, pero es una forma de diálogo viciada: es el insulto velado, es interés per descalificar y menospreciar a la persona con la que se dialoga. Es uno de los diversos ejemplos de la incultura democrática que tenemos y que nos sigue limitando como partes de las diversas comunidades políticas.

jueves, 30 de enero de 2014

La inútil soberanía nacional

Y no va sobre Catalunya, aunque para el caso viene a ser lo mismo. No, esto es en referencia al PCE, a IU o a Podemos, que tienen en su dialéctica cosas como que el PPSOE ha vendido la soberanía nacional y hay que recuperarla. Y es un diálogo absurdo, porque la nación soberana está obsoleta.

La nación estado nace en el XIX, construida sobre la base del concepto de estado westfaliano. Se le llama así por el Tratado de Westfalia de 1648, que pone fin a la Guerra de los Treinta Años. Es la culminación de la evolución del sistema político europeo desde el siglo XIII: los diferentes Estados son soberanos, tienen jurisdicción propia en sus territorios y ningún otro Estado tiene la capacidad de interferir en los asuntos internos de otros Estados.

El desarrollo que va teniendo lugar a lo largo de los siglos siguientes es su consolidación como modelo y la creación de las identidades nacionales. La eclosión de este proceso se produce en el XIX, a ritmos diferentes según el país, pero siempre tras la Revolución Francesa, que sienta las bases de la unión entre identidad y estado. En el fondo, es la instrumentalización de las identidades para homogeneizar y justificar un tanto tautológicamente la existencia de los diferentes Estados europeos. Es tautológico porque estado y nación se retroalimentan: la nación nace de los Estados que buscan reafirmarse en la crisis estatal del XIX y sus democracias burguesas, en primera instancia, y los Estados buscan legitimarse a través del espíritu nacional del que debe emanar el propio Estado.

El vínculo entre Nación y Estado lleva, en la segunda mitad del XIX, al desarrollo de los nuevos nacionalismos sin Estado que pugnan por crear sus propias Naciones Estado. Algunas lo van logrando, otras no. Para entender las dos guerras mundiales hay que poner la atención tanto las tensiones entre estados nación por cómo se define el territorio de las diversas naciones estado como las tensiones de la nación estado con el capitalismo ya globalizado. El enfrentamiento entre naciones estado también se produce a través de la economía, con el proteccionismo imponiéndose a la ideología laissez-faire que dominaba el primer capitalismo del XIX.

Es interesante que la solución tras la Segunda Guerra Mundial fuera todavía en clase de nación estado: el sistema de Bretton Woods es un blindaje multilateral de la soberanía nacional en detrimento del capitalismo global. Se construyen mecanismos por los que las unidades nacionales pueden intervenir en la economía nacional, a los que los actores internacionales del sistema económico tienen que sujetarse. Es el auge de la socialdemocracia y la decadencia del liberalismo clásico.

En 1971, Estados Unidos rompió unilateralmente con los Acuerdos de Bretton Woods. Es la era de la globalización, pero no porque haya un mercado internacional nuevo, puesto que ya existía. Aquí la soberanía nacional comienza a fragmentarse porque se rompen los mecanismos de control nacional, se encamina hacia la gobernanza económica transnacional.

En mi opinión de no especialista, Bretton Woods sentaba las bases para un sistema de gobernanza global que trascendiera los mecanismos nacionales y sus propios intereses. Las organizaciones de gobernanza post-1971 o se establecieron antes o son descendientes de unas anteriores. La tensión entre nación estado y sistema económico gobal vuelve a aumentar cuando el desarrollo económico permite alterar la correlación de fuerzas entre naciones estado y los poderes económicos: el mercado es demasiado amplio para que pueda resistirse una nación estado por sí misma. Uniendo mecanismos globales a poderes transnacionales nos encontramos con la globalización tal y como la conocemos (si bien el nombre no se popularizó hasta los 90).

Y es ahí donde está el tema de esta ya muy extensa entrada: la soberanía nacional carece de sentido. Lo hemos comprobado. Llevamos décadas viviendo en un mundo donde las naciones estado son incapaces de imponer su voluntad. En algunos casos, incluso en cuestiones internas no relacionadas con la economía. En Europa, centro de la cultura política de la nación estado, la Gran Recesión ha sido un future shock tremendo para la opinión pública que todavía creía en la snaciones y los estados. Esa misma Europa que se enfrenta al dilema de ceder soberanía o reivindicarla como salida a la crisis.

Existe algo llamado el trilema de Rodrick, que viene a decir que es imposible que existan conjuntamente soberanía nacional, democracia (soberanía popular) y globalización. Hay que elegir uno de las tres parejas posibles. En Europa, por ejemplo, nos encontramos con que tenemos globalización (integración europea) y soberanía nacional, en detrimento de la democracia. La UE es una unión de Estados y la toma de decisiones de produce al nivel de los Estados y los intereses transnacionales. La democracia queda excluida, no hay rendición de cuentas democrática de las instituciones que establecen la política europea.

Las fuerzas políticas que citaba al comienzo han expresado en más de una ocasión su interés por recuperar la soberanía nacional democrática. Esto siempre será en detrimento de la integración europea. Si nosotros, como ciudadanos de un Estado, decidimos sobre nosotros y nada más, haremos imposible la plena integración europea.

Pero no es tan simple la cuestión. Vivimos en un mundo globalizado, queramos o no. Desde finales del XIX, la economía mundo es un hecho. Las naciones estado pueden intentar resistirse, pero será ineficaz salvo que sean capaces de vivir en una total autarquía. El motivo es bastante claro: un mercado global te hace irrelevante en el gran esquema de las cosas. Los Estados europeos son una gota en el gran océano humano, 45 millones no son nada frente a 7.000 millones. El daño que pueda causar el conflicto entre Estado e intereses transnacionales será mayor para el Estado que para lo transnacional.

Los Estados europeos pueden combatir todavía por la ventaja que tienen respecto al mundo en desarrollo. A medida que el mundo en desarrollo acorte su desventaja, la capacidad de imponerse de los Estados europeos disminuirá. Ya estamos viendo cómo la producción industrial no puede hacerlo salvo fuertes devaluaciones internas que provocan fuertes conflictos internos, que socaban igualmente los cimientos de los Estados.

Viéndolo inviable, lo que necesitamos defender es una mayor integración y la superación de los Estados nación clásicos. Europa, en conjunto, tiene la capacidad de actuar en sentido global. No es casualidad que los tres grandes poderes emergentes sean entidades difíciles de calificar como simples Estados Nación. China, India o la Federación Rusa son más parecidas a la UE que no a cualquiera de sus Estados miembro.

Pero si nos aferramos a la soberanía nacional seremos incapaces de ceder la soberanía al conjunto de la UE para poder tener garantías democráticas. La defensa de la democracia pasa por rechazar la plena soberanía y entender que necesitamos compartir la soberanía con alemanes y británicos, con polacos y griegos. Con franceses y portugeses. Ya hoy la soberanía no es exclusiva, en muchos aspectos se ha fragmentado. Acabar de romperla es dotarnos de los instrumentos para defendernos conjuntamente de la depredación del capitalismo global, algo que ninguno de los Estados europeos está consiguiendo por sí mismo.

jueves, 23 de enero de 2014

¿Y si fuera más que el aborto?


El otro día asistí a un acto-debate organizado por JSC Barcelona sobre la nueva ley del aborto que Gallardón pretende imponer a la ciudadanía (según todas las encuestas mayoritariamente en contra de la reforma, incluso están en contra sus votantes). Iluminaron algunas cosas que aparecen poco en los medios comunes, incluso en aquellos más independientes como El Diario o Infolibre.

Se escribe bastante únicamente sobre el aborto. Es, ciertamente, importante. Un derecho esencial para que la mujer pueda ser libre efectiva, además de teóricamente. Un derecho básico para garantizar su dignidad, no haciéndola un mero objeto de reproducción de la especie, sino una persona con soberanía vital.

Se ignora, no obstante, toda la otra vertiente que no trata concretamente el aborto y sus cuestiones, y que tan importante era en la reforma socialista. El nombre de la ley es significativa, muy clara: "Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo". El aborto o la consecución del embarazo es el último paso, pero antes de ello existen numerosas consideraciones y cuestiones relevantes para los derechos reproductivos y sexuales.

Si no vamos más allá, nos limitamos en la resistencia a la contrarreforma pepera. Nos limitamos porque el aborto no es únicamente una decisión ante problemas en el embarazo, es también un último recurso ante personas cuyas circunstancias no hacen que deseen, o ni siquiera puedan, llevar a término un embarazo. Poner el debate en el único marco del aborto esconde todas las demás responsabilidades públicas (y lo que una persona privada debe tener presente cuando tiene relaciones sexuales heterosexuales) que se requieren para garantizar adecuadamente nuestra salud sexual y la salud reproductiva de las mujeres.

Obviar esto nos lleva a cargar el peso de las responsabilidades sobre la mujer. Para que una mujer quede preñada necesita de un cómplice. Si ignoramos el resto de cuestiones de salud reproductiva, dejamos de lado esta complicidad. Dejar que los hombres nos vayamos libres de nuestras responsabilidades en el acto sexual.

Cuando escondemos esto, también permitimos que las administraciones públicas abandonen sus responsabilidades. Con el PP se han retirado anticonceptivos de la seguridad social, con lo cual se han dejado fuera del alcance de las personas con menores recursos económicos.  La educación sexual sigue siendo condicional (centros que se preocupen, organizaciones que lo hagan, ir a centros de planificación familiar...), seguramente además sufra por recortes y desidia de la derecha. Hablando de planificación familiar (o los centros de salud), los recortes sin duda han castigado sus servicios.

Y todo esto, en la ley de 2010, era igualmente importante. Entender que ofrecer alternativas antes del aborto permite solucionar los problemas sin necesidad de pasar por un acto traumático como abortar es, también, hacer más autónomas a mujeres y parejas que se puedan encontrar en esa solución. No se redujo el número de abortos mediante la ley socialista porque el aborto fuera más libre, sino porque ofrecía alternativas y facilitaba soluciones antes que necesitar recurrir a la interrupción del embarazo inducida.

Finalmente, uno de los aspectos más controvertidos de la ley socialista fue el aborto secreto para las menores de edad. Aquí no hay mucho que decir, porque esto sí ha ido saliendo en los debates públicos. Por desgracia, muy a menudo para mal del aborto libre. Como señalaron las ponentes, se trata de un medida extrema para garantizar el derecho de las menores en cuestión a no verse sujetas a la intransigencia de sus progenitores. 

También, a veces, es una cuestión de comprensión. Aunque una persona vaya a abortar más de una vez por X motivos, ¿qué derecho tiene nadie a juzgarla? Muchas personas no quieren ver las consecuencias de la pobreza, pero una consecuencia habitual de la pobreza es la inconsecuencia de las consecuencias, por irónico que resulte. Cuando no tienes gran cosa en tu vida, el peligro es menos real. No es casual que el alcoholismo o el uso de drogas sea más prevalente entre los miserables. 

Los y las adolescentes también son, usualmente, menos conscientes que sus mayores de las consecuencias. Es natural, todavía están aprendiendo a ser responsables. Y, sumado a que tengan menor acceso a anticonceptivos por tener menores recursos económicos y también menor información (sea por cuestiones escolares, sea por desidia familiar), tenemos el cóctel perfecto para que practiquen sexo no seguro. ¿Acaso no son también víctimas de un mundo injusto en el que no han tenido acceso a medios, físicos como culturales, de protegerse de embarazos no deseados? ¿Qué derecho tiene nadie a cuestionar que pueda abortar?

Porque, nuevamente, serán casos extremos. La mayoría de familias, incluso las empobrecidas, tienen suficiente comunicación para que las parejas de menores que se encuentren en la situación busquen el apoyo de sus familias. Es para evitar que, aquellas que vayan a sufrir por ello, no tengan que pasar por un embarazo no deseado pudiendo evitarse con secreto médico. Como decía mi padre cuando se debatía: si es mayor para follar, es mayor para abortar sin que tengan que decírselo a sus padres.

Una entrada muy poco cohesiva, pero quería mencionar algunos aspectos del debate que salieron y me parecieron interesantes por ser poco habituales en el debate, centrado (y es natural) en el aborto y nada más. Pero tenemos que ser conscientes de todo lo demás que la contrarreforma del PP se lleva por delante.

jueves, 9 de enero de 2014

La falacia esencialista o el "No True Scotsman"

En TVTropes tienen esta falacia con ese nombre tan llamativo y pintoresco, como la mayoría de artículos de esta postmoderna wiki. Esta falacia consiste en plantear unos estándares, de comportamiento, forma, capacidades, etc., como si fueran características compartidas por toda una categorización (de personas y objetos), de manera que se pueda rechazar aquello que desagrada o rebate un argumento aduciendo a su no pertenencia a esa categorización. 

En TV Tropes nos dan el origen de la expresión que utilizan, en un caso clásico de esencialismo nacionalista. Pero podemos verlo aplicado a más cosas, como ideologías (la URSS no era comunismo de verdad, el PSOE no es socialista de verdad), artes (este libro no es fantasía de verdad), ciencia (x ciencia social no es ciencia), ciencias sociales (x fenómeno o proceso no es feudalismo de verdad), objetos (no es Apple de verdad) o incluso comida (si esto no tiene x o y no es el alimento z de verdad).

Si conocéis mi yo intelectual, sabéis que el esencialismo me desagrada profundamente. No únicamente por su importancia para las construcciones nacionalistas, también por parecerme una forma muy miope de ver el mundo. El esencialismo define ontológicamente el mundo. Pongamos el ejemplo de la URSS y lo que dicen algunos comunistas para justificar que su ideología puesta en práctica acabara siendo uno de los estados totalitarios más infames del mundo moderno.

Definen el comunismo como un modelo platónico en el que deben encuadrarse los diferentes hechos comunistas que hay en el mundo para poder ser comunistas. Se crea la esencia del comunismo verdadero, siempre idealizado, y se contrasta con el ejemplo mundano. Así se puede decir que, como la URSS no hizo X o Y, no eran comunistas de verdad y el comunista de turno puede dormir con la conciencia tranquila o librarse de cualquier necesidad de cuestionar su propio pensamiento en relación a la ideología con la que se identifica.

A esto se podría responder con que así funciona el proceso científico, creando modelos que luego deben aplicarse a la realidad para darle sentido. Pero son procesos diferentes. El modelo científico no es esencialista, es inductivo. A partir del análisis de multitud de "pruebas", se crea un modelo aplicable a todas las variables. El esencialismo tiende a rechazar las variables. O, mejor dicho, a utilizar el modelo ideal para rechazar las variables que no le satisfacen o sirven.

El esencialismo sirve, muy a menudo, como instrumento de control social. No tenemos que irnos al siglo XIX para mirar a los nacionalistas alemanes e italianos que impulsaban ideológicamente sus unificaciones, todavía hoy tenemos numerosos países que utilizan este esencialismo étnico-nacionalista para sus leyes de ciudadanía. No únicamente Israel, el caso más conocido por ser un caso de religión étnica (solamente son judíos los hijos de madre judía), también Alemania mantiene que pueden optar a la ciudadanía alemana los que se adscriban a grupos étnicos alemanes sin necesidad de ser descendientes de ciudadanos alemanes. Y otros países, sobre todo europeos.

El racismo es también profundamente esencialista. Los negros son así, los moros de esta otra manera, los chinos asá y un largo y xenófobo etcétera. Adscribe cualidades a un grupo étnico según el muy falso modelo platónico del grupo étnico y, con ello, justifica su rechazo por las obvias cualidades negativas que tiene ese grupo. El racismo hacia los gitanos es el caso más increíblemente aceptado todavía hoy en día. Podemos encontrar comentarios casual y felizmente racistas sobre ellos en cualquier lugar sin que tengan ninguna consecuencia sobre el emisor.

Por no hablar del lenguaje y el esencialismo que esconde. Existe una pureza lingüística cooptada por las instituciones públicas que controlan y regulan la lengua. Parece que las lenguas sean más que meras invenciones convencionales, parece que tengan una fuerza espiritual que mueva a la gente a montar auténticos flames en internet por errores tontos, por definiciones no compartidas y que denotan un gran egocentrismo. No hace mucho recuerdo que alguien se quejaba del galicismo de usar "bizarro" como "extraño o surrealista". ¿Y? Las palabras no tienen un significado metafísico, son construcciones abstractas para representar conceptos mentales que no tenemos otra forma de comunicar, como tales están sujetas al cambio, que viene tanto de errores como de las cambiantes connotaciones entre una persona y otra. No pueden tener ninguna cualidad esencial que haga importante la fijación de la semántica o la ortografía.

En fin, volviendo a la falacia esencialista, es absurdo rechazar las cosas por no cumplir todos los requisitos que uno adscribe a cualquier fenómeno. Si nos limitáramos por el pensamiento esencialista, la cultura humana sería tremendamente aburrida. Para muchos nacionalistas, catalanes o españoles, soy tan mal catalán como mal español; para muchos que crean que saben de historia no seré muy buen historiador por desagradarme el concepto de feudalismo; seré mal socialista cuando rebata la existencia de un socialismo verdadero al que debamos volver y cuestione cualquier verdad fundamental que comparta x grupo de turno. Es otra batalla perdida esperar que la gente no quiera sentirse reafirmada mediante el pensamiento esencialista.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Pesimismo vs optimismo, cyberpunk vs transhumanismo

Nuestro mundo industrial, ya post industrial, dio lugar a una concepción del mundo sobre la base del progreso constante. Su origen se encuentra tanto en la percepción del singular desarrollo tecnológico que vivió Europa en el siglo XIX como en la tradición cultural del humanismo ilustrado, a su vez heredero del humanismo renacentista con vocación de mejorar el mundo desde su base cristiana. Tan fuerte es que a muchas personas les cuesta concebir el tiempo histórico. 

Cuando miran la evolución de su localidad, por ejemplo, no pueden evitar proyectar nuestras ideas de cambio al pasado, mientras que la realidad histórica muestra que, en un milenio, cualquier localidad rural vivió una profunda continuidad en sus formas de vida, tanto materiales como culturales o sociales más allá de detalles superficiales.

Con la cultura de masas, nos llegó también la popularización de la literatura. La Ciencia Ficción comenzó a ser cultivada en el XIX por gente como Mary Shelley (Frankenstein), Jules Verne o HG Wells (La máquina del tiempo o La guerra de los mundos, entre muchos otros), siguiendo el nuevo cientifismo de la sociedad europea. La era pulp hizo de la ciencia ficción un género popular como nunca antes.

En los 80, pasada la edad dorada de la ciencia ficción de los 50-60, en plena crisis del pacto social y la europa del consenso socialdemócrata, hace súbito acto de presencia un nuevo subgénero: el cyberpunk. Aunque hubo algunos antecedentes en las décadas anteriores, es en los ochenta donde eclosiona, sin duda por la poderosa influencia del movimiento punk.

Hacia los noventa comenzará, por otro lado, a definirse un movimiento tecnoutopista nuevo. Tendrá sus antecedentes en muchos escritores e ideas anteriores, claro, pero nace al calor del neoliberalismo que ocupa las mentes y corazones abandonados por el pensamiento materialista en crisis. El transhumanismo es, en esencia, trascender el materialismo a través del desarrollo tecnológico, hacernos posthumanos, seres que no van a estar limitados por las meras necesidades materiales. A menudo, esta trascendencia se define en la Singularidad de Kurzweil.

El cyberpunk del cinismo frente al utopismo transhumanista no deja de ser la batalla por el alma de la ciencia ficción: ¿Qué nos depara el futuro? Para el transhumanismo, la tecnología nos salvará, el cyberpunk nos dice que no.

Ante esta cuestión debemos mirar nuestro pasado y reflexionar quién tiene razón, puesto que el futuro no podemos conocerlo hasta que llega. La primera industrialización, pese a todo su desarrollo tecnológico, no supuso una mejoría para la vida de la mayoría de personas en Europa. Supuso más opresión, más miseria (tanto por perder los hogares rurales como la insalubridad de la ciudad obrera), sin ninguno de los beneficios del mundo industrial. No es sorprendente la fuerza del ludismo en la Inglaterra de finales del XVIII.

Por otro lado, el XIX es, indudablemente, un siglo de gran aumento de las condiciones de vida. Especialmente a partir de la masiva industrialización europea después de las fracasadas Revoluciones Liberales. Los niveles de consumo de carne irán aumentando hasta superar los niveles medievales (que son superiores a los del mundo clásico, también). El conocimiento médico permite combatir la enfermedad como nunca antes.

Si pasamos al XX, es imposible cuestionar la mejora de la vida material. Pero, entonces, nos asalta una nueva pregunta: ¿Son las condiciones básicas de vida suficiente para tener buenas vidas? Entre el XIX y el XX hemos asistido a grandes oscilaciones en las desigualdades económicas. En el XX, las enormes desigualdades antes del crack del 29 fueron reducidas enormemente hasta el ascenso del neoliberalismo de los 80 (de ahí el movimiento cyberpunk).

Si hablamos de desigualdades inmateriales, como son derechos políticos, podemos cuestionar enormemente que la vida material sea lo único importante para valorarlo. Todos los desarrollos tecnológicos han supuesto un aumento de la opresión junto a nuevas herramientas para combatirla. Aquí valoro burocracia y sistemas legales modernos como tecnología cultural. Si nos venimos a la sociedad de la información, toda la libertad de información de las tecnologías de comunicación que también han creado los instrumentos de vigilancia permanente de nuestro mundo.

Es interesante pensar en la ciencia ficción como el reflejo de su tiempo. Bueno, más que interesante es la única forma de analizarla. El cyberpunk nace en la crisis social que habilita el ascenso del neoliberalismo. Sus temas son dos: la desigualdad económica encarnada en el poder de las corporaciones y la tecnología que, en lugar de hacer nuestras vidas mejores, nos ha condenado al paro, la miseria y la opresión. Algo con lo que cualquier persona de condición humilde puede simpatizar. Es marxista, en tanto que analiza el mundo desde el materialismo.

Pero el transhumanismo es la voz de los 90, de la superación de la crisis ideológica a través del destierro del paradigma materialista. Es la confianza en que todos nuestros problemas se verán superados gracias a la tecnología. Podremos cargar nuestras mentes en ordenadores y evitar la muerte. Podremos producir energía sin problemas y nadie carecerá de nada. Todos los defectos se arreglarán artificialmente. Gracias a la tecnología, el postmaterialismo será realidad.

Es interesante observar el post cyberpunk, como se ha conocido al sugénero que nace del cyberpunk, pero no tiene el mismo origen punk, ni llega a las mismas conclusiones que él. Toma cierto transhumanismo, pues rechaza la alienación de la tecnología. Es un subgénero que quiere explorar el lado amable del cyberpunk. No nos pone del lado de los desterrados del sistema, sino que nos mete de lleno en el sistema. Nos dice cómo vivir en el mundo cyberpunk. Según la obra, puede oscilar más al optimismo que al cinismo. Con el maravilloso anime Ghost in the Shell: Stand Alone Complex no me atrevería a simplicar; no soy capaz de decir si es un futuro positivo o negativo desde la narrativa de la serie. Por eso es una maravilla.

Y ya para acabar, para mí el transhumanismo es una visión religiosa. Igual que las religiones de salvación, traslada al futuro indeterminado el paraíso. El transhumanismo no nos dice cómo mejorar nuestras vidas con los instrumentos del presente, responde a todos los problemas que necesitan solución con la promesa de un futuro tecnológico en que todo será bueno y perfecto. Si es el transhumanismo de la Singularidad, y la mayor parte lo es, incluso nos pone a nuestros Salvadores: la Inteligencia Artificial que, siendo más que humana, enconrará la llave para dar solución a todos los males y necesidades.

No por tener elementos será malo. Mucha ciencia ficción moderna tiene elementos. Es razonable pensar que el futuro será uno donde la mera humanidad será algo del pasado. Aunque sea simplemente por la Realidad Aumentada, seremos más que humanos. Que el tecnoutopismo tenga razón, y viviremos en el paraíso postmaterialista, ya es una cuestión absolutamente diferente. Yo no lo creo.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuando el progreso no es lineal


Esta foto corresponde a Kabul en 1972, estudiantes femeninas caminando libremente, enseñando piernas. En Foreign Policy hicieron una galería de fotos correspondientes a los 60-70 en Pakistán que mostraba esto mismo.

Existe en la sociedad occidental una idea muy errónea sobre la historia. Los avances (que nosotros consideramos como tales) van llegando según una progresión lineal de las luchas sociales y civiles. Eso que resume la expresión "estamos en el siglo XXI" o "que todavía pase esto en 2013" ante integrismo religioso, machismo u otras injusticias de carácter más civil que socioeconómico. O cuando el PP hace alguna de sus contrarreformas, nos llevan a "200 años atrás". O eso de pretender que en Afganistán viven en la Edad Media por el tema integrista (el Islam medieval no tiene nada que ver con los talibanes, pero no esperemos rigor) y la ruina política que es el estado afgano.

No es una idea nueva. La idea del progreso nace en en la Ilustración y se consolida en el siglo XIX. El positivismo de Proudhon, por ejemplo, bebe esencialmente del progresismo que impregna la ideología liberal burguesa, incluso entre lo más moderado y conservador del liberalismo. Cuando aparecen las ideologías reaccionarias en las antípodas del liberalismo a finales del XIX (los nacional socialismos y primeros antecedentes del fascismo), lo hacen en parte también como respuesta a una percepción de que el progreso no es tal, si bien esta idea ganará más fuerza tras la Primera Guerra Mundial. Nacen del modernismo y su acción humana que debe forzar el cambio, ni que sea de forma violenta (de donde también vendrá el carácter social más amplio del fascismo).

También el marxismo es profundamente positivista en este aspecto. Marx repasa la evolución humana en las diferentes fases de las relaciones de producción (esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y comunismo) en un sentido de claro progreso. Incluso termina, como lo hace el neoliberalismo postmoderno después, en un "fin de la historia" una vez lograda la revolución y el comunismo.

Pero el progreso no es lineal, ni siempre es siquiera progreso. Hablando del progreso social, claro. El progreso técnico es incuestionable, puesto que nace de la acumulación de capital científico, que, a su vez, crea nuevas posibilidades tecnológicas constantemente. En este sentido, antes de la supuesta Singularidad del transhumanismo podríamos ver diversas singularidades históricas en el desarrollo de la escritura o la imprenta para entender el progreso tecnológico y sus aceleraciones (también instituciones académicas tienen un papel muy relevante en ello).

El caso de Afganistán no es que sea un caso de derechos plenos recortados después, porque nunca llegó a imponerse la emancipación femenina. Pero sí hubo, durante buena parte del siglo XX, numerosos intentos de occidentalizar el país. Tanto la monarquía (incidentalmente, la reina Soraya fue una de las grandes activistas de la causa femenina) como las dos repúblicas, especialmente la soviética, lo intentaron sin éxitos aplastantes. Aun así, lograron que se vieran mujeres estudiantes que vestían como occidentales y podían desempeñar profesiones de prestigio libremente... aunque siempre fueron una minoría. La llegada de los talibanes lo destruyó, claro.

Podríamos querer ver un reflejo en las Primaveras Árabes, pero hay dos problemas con ello: todavía están en sus procesos revolucionarios (de consolidación o de contrarrevolución) y es imposible hacer este análisis en el corto plazo por la naturaleza de la inestabilidad de estos años, son tendencias que veremos imponerse o volver a cambiar cuando la política cambie de sentido si siguen en crisis y el islamismo no tiene respuesta. 

Pero es interesante pensar en el islamismo político y cómo su apoyo se podría explicar como la reacción a los regímenes seculares que han gobernado el mundo árabe desde la descolonización. Es curioso que falle la política liberal, pero la población tenga fuertes componentes liberales que claman por democracias occidentales. De ahí que me pregunte si, especialmente en Túnez y Libia, cuando los islamistas no puedan solucionar los reclamos de soluciones a la crisis social de sus estados, veremos una nueva fuerza en los partidos de corte secular con influencia occidental.

En cualquier caso, el progreso social es una ilusión fruto de la Ilustración y la particular historia del XIX europeo. Antes, el paso de la Edad Media a la Edad Moderna supuso una pérdida de libertades general y la creación de estados mucho más represivos que sus antecesores medievales (probablemente por simple cuestión de capacidad de proyectar el poder de las monarquías). El siglo XIX generó muchas desigualdades, entre clases y entre géneros, que antes no habrían sido posibles. Las sociedades de las últimas décadas del siglo XX se han caracterizado por el aumento las desigualdades hasta niveles no vistos en décadas.

La historia no "avanza", se desenvuelve. No hay un destino manifiesto donde está el comunismo, como no hay un fin de la historia neoliberal. Que existan mejores en las condiciones de vida o en la organización política de las sociedades provendrá de sus actores y actrices, sus voluntades, sus interacciones, sus consensos y sus disensos. 

Quien quiera progreso, que lo gane luchando por mejorar su vida y la de los demás día a día. No hay un camino universal hacia ello, no existe ninguna esencia mistica que nos hace más iguales a medida que vamos sumando cifras a nuestra cuenta del tiempo histórico. Estar en el siglo XXI, o en el XXX, no implica nada sobre lass relaciones de producción, ni la estructura social o la organización política.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Pensar la posdemocracia según el framework de la Revolución Militar

La Revolución Militar es una teoría de Michael Roberts para describir los cambios en la doctrina militar en el siglo XVI y su efecto sobre el desarrollo de los estados modernos. Se ha debatido bastante sobre cuándo se suceden estos cambios en la forma de hacer la guerra y su efecto. Es una teoría un tanto polémica, con defensores y detractores por igual.

Esencialmente, nos dice que el desarrollo de la técnica militar postmedieval, la artillería y las armas de fuego, alimentaron el desarrollo de los estados modernos para poder sufragar el enorme coste de equipar y mantener los nuevos ejércitos europeos. La necesidad económica llevó al desarrollo de la burocracia y los sistemas impositivos característicos del período hasta la Revolución Francesa.

Personalmente, creo que su análisis de la guerra medieval está muy anticuado (es de los 50). No hay un cambio tan significativo como tradicionalmente se adscribe al siglo XIV. Y existen muchos elementos de continuidad en el desarrollo de los estados desde el período medieval a la época moderna. Por otro lado, ciertamente el ejército permanente francés de Luís XI es el primer ejemplo de un ejército permanente profesional ya en el siglo XV y su impacto sobre el sistema fiscal francés está ampliamente aceptado, la homogeneización de la talla y la extensión de los comisarios o gobernadores por los diferentes territorios.

Pero al margen de su concreción como teoría, también supone una interesante perspectiva desde la que analizar una sociedad. Si miráramos la evolución social y militar en el mundo clásico, veríamos que el auge de las ciudades estado ciudadanas se produce paralelamente al de los ejércitos hoplíticos de ciudadanos soldado. En el caso de Atenas, el paradigma de la democracia griega (porque la mayoría de poleis no eran democracias como la ateniense, salvo aquellas bajo su influencia), la mayor democratización se produce conjuntamente con la extensión del servicio militar a las clases no propietarias. La profesionalización de los ejércitos en el período helenístico marca la decadencia de las poleis. He de decir que en Grecia es un poco menos claro el efecto de la profesionalización por la interacción con Macedonia y otros estados helenísticos mucho más grandes que las ciudades estado, que competirán con ellos mediante ligas de ciudades.

En el caso romano es mucho más claro. La primera parte de la república es una ciudad estado como cualquier otra en Italia. Ejércitos ciudadanos y fortaleza del régimen cívico. Cicerón decía que Roma tenía tres formas de gobierno en su seno: monarquía en las magistraturas, oligarquía en el Senado y democracia en asambleas y comicios. Con ello equilibraba los defectos de cada forma de gobierno, lo cual es, evidentemente, propaganda de uno de los oligarcas. En cualquier caso, la decadencia del ejército cívico y la creación del legionario profesional mediante los proletarii supone la crisis de la república, donde diferentes oligarcas, desde magistraturas con imperium, que controlan los ejércitos, se disputarán el poder hasta la instauración del régimen autoritario de Augusto, basado en buena medida en el control de las fuerzas militares romanas.

Yendo a la Europa postmedieval, la consolidación de lo que se ha llamado absolutismo (creo que es un término poco preciso, pero bueno) viene, como dice la teoría de la Revolución Militar, de la consolidación de ejércitos profesionales y el monopolio sobre pólvora y artillería. A finales del período moderno los ejércitos profesionales han aumentado en sus contingentes mucho. Con la Revolución Francesa, regresan los ejércitos cívicos. Si bien, en este caso, se han convertido en ejércitos nacionales por el desarrollo de la nación estado con muchos más ciudadanos que ninguna ciudad estado clásica. Primero Estados Unidos y sus milicias, luego el ejército francés de la República y Napoleón, hasta que a lo largo del siglo todos los estados creen sus propios ejércitos nacionales. Uno de los últimos será Gran Bretaña, a finales del XIX.

Es interesante, porque existe una clara correlación. Se consolidan primero las democracias burguesas con voto censitario y luego, consolidados los ejércitos nacionales, se extenderá también el sufragio universal. Aquellos lugares con levas tempranas, como los milicianos de EEUU, la Francia revolucionaria o incluso la España alzada contra Napoleón de la Constitución de Cádiz tenderán a tener sufragio universal masculino antes.

No pretendo establecer relaciones causales. Sería absurdo. La tempranía del sufragio universal masculino en EEUU viene de su estructura social, donde el ciudadano propietario era muy común en las primeras décadas de la nueva república independiente y el voto estaba tan extendido que bien podía ser derecho de todos los hombres (y así se hizo eventualmente... si bien con el tema de la segregación racial de fondo, que lo limitó igualmente). El ejército nacional revolucionario francés no viene de ningún interés burgués por ello, es una simple cuestión de supervivencia frente a todos sus enemigos externos. Y una forma adicional de crear sentimiento patriótico.

No obstante, supone una correlación muy interesante. El punto culminante de los ejércitos nacionales fue la Segunda Guerra Mundial. Tras ella, el ejército profesional vuelve a convertirse en el ejército estándar. Estados Unidos desarrolla, por ejemplo, una carrera militar como elemento redistributivo, de igualdad de oportunidades. El servicio militar se ha limitado en muchos estados europeos. Los países nórdicos todavía lo tienen, Suiza se basa en un ejército miliciano completamente. Es interesante ver que son algunos de los estados más democráticos que hay.

Pero la guerra del siglo XXI no es una guerra de numerosos efectivos como lo fueron las guerras mundiales o las guerras napoleónicas. Es una guerra de alto desarrollo técnico. La doctrina militar se basa en las guerras relámpago y enfrentamientos cortos e intensos, donde el equipamiento y el armamento sofisticado son decisivos. La guerra asimétrica, por otro lado, es lo único que estamos viendo y no obedece a este tipo de conflicto.

Concluyendo: si hacemos caso de las correlaciones observadas en la historia, la nueva forma de hacer la guerra podría hacernos pensar que, en lugar de ir a una nueva era de democracia participativa y plena, estamos en la senda de la posdemocracia.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

¿Los libros curan el fascismo?



Existe esa idea de que solamente los ignorantes conformaron las masas fascistas que violentaron la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial. El título hace referencia a la cita de Unamuno sobre el fascismo que se cura leyendo. Pero, ¿es realmente así?

Aunque el fascismo como tal nace con la crisis de identidad del liberalismo europeo tras la I Guerra Mundial, podemos observar sus antecedentes ya durante los años posteriores al inicio de la Segunda Revolución Industrial (tradicionalmente, la Belle Époque que comienza tras la crisis de 1873). Este período se caracteriza por la sustitución de la sociedad burguesa tradicional, triunfante definitivamente en Europa tras las revoluciones liberales de 1848, por la sociedad de masas que todos conocemos. El capitalismo de la empresa familiar y el mercado nacional se ve devorado por el capitalismo global de las corporaciones y las sociedades anónimas.

En este contexto, las clases medias burguesas se ven desplazadas. Por arriba, la alta burguesía trasciende la burguesía tradicional y liberal. Por abajo, la clase obrera se convierte en actriz con agencia propia. La clase media que dominaba la vida pública pierde su influencia a manos de grupos sociales ajenos al ideario sobre el que su propia clase se había definido hasta el momento. Incluso les superan grupos económicos hasta entonces ajenos a la sociedad burguesa del hombre hecho a sí mismo: gestores del capitalismo como directivos y administradores.

La clase obrera se definió por su lucha para emanciparse del yugo del capital. Las élites económicas se definen por su control sobre estados y sociedad a través del capital. La clase media está fuera de juego. Carente de anclaje identitario como clase, a diferencia de la clase obrera, su identidad se construirá a través del nacionalismo. Es cuando nace la segunda ola de nacionalismo, diferente al nacionalismo cívico que nace de los Estados en construcción, mucho más esencialista (hegeliano).

Por supuesto, el nacionalismo por sí mismo no tiene por qué ser algo negativo. Sin embargo, tampoco tiene que serlo positivo. La identidad tiene que construirse en oposición a algo. En Europa había todavía numerosas minorías, judíos, polacos en Alemania, el caos étnico-cultural del Imperio Austro-Húngaro, etc. Las ideologías de las que nacerá el fascismo, todas, tendrán un fuerte cariz racista. No es que el racismo lo inventaran ellos, pero abrazarán el darwinismo social hasta las últimas consecuencias (el nazismo).

Curiosamente, en contraposición, el mundo obrero será más tolerante por influencia de la socialdemocracia. La lectura marxista de la sociedad obliga a ello: si lees el mundo sobre la base de la desigualdad de clase, el enemigo difícilmente será el obrero de otra etnia (la URSS de Stalin también demuestra que no siempre, no obstante). 

Existe el tópico de que los nazis ganaron sus apoyos en el contexto de la Gran Depresión y las crisis de la República de Weimar. Hobsbawm planteaba que, como digo en los párrafos anteriores, la reacción e carácter nacionalista llevaba tiempo desarrollándose. Si llevaba tiempo en gestación, es evidente que no fue por la causa directa unívoca de una crisis económica brutal. Evidentemente fue un factor clave para el éxito de la demagogia nacionalista, como lo sigue siendo hoy día.

Dicho todo esto, hay que mirar qué es la clase media. Generalmente, la clase media tradicional pequeño-burguesa eran las clásicas profesiones liberales: médicos, abogados, maestros, ingenieros, etc. y los propietarios urbanos del taller artesano y la tienda. Y, finalmente, las nuevas clases medias nacidas en este período: oficinistas y demás profesionales del sector servicios que gana importancia en las economías desarrolladas, los llamados por el marxismo "gestores del capitalismo" (aunque yo, siguiendo a Hobsbawm, creo que podemos tener una clase gestora entre las élites y no clases medias. Los grupos de directivos y administradores habían trascendido la burguesía tradicional).

Y ya llegando a la respuesta a la pregunta de este escrito, la clase media se caracterizaba (y todavía lo hace) por ser la clase educada, élites al margen. La clase obrera ciertamente no se podía permitir más que la educación básica. Las profesiones liberales requieren estudios superiores. Podría también decirse que los obreros de cualificación superior están en una difusa frontera social que puede hacerlos parte de estas clases o tener muchas similitudes.

Hay dos tesis que aceptar para mi respuesta. La primera es que el fascismo tiene uno de sus pilares en las clases medias (evidentemente son tendencias). Esto lo apunta a quién beneficieron los regímenes fascistas al margen de los vencedores de siempre de las élites, y éstos son las clases medias. La Italia fascista les dio acceso a trabajar a cargo del Estado en su gran desarrollo burocrático que dobló el número de empleados gubernamentales, beneficiadas las clases medias. De los nazis se puede encontrar la composición de sus miembros incluso en la Wikipedia (de veras: membresía Partido Nacional Socialista Alemán). Parece difícil de rechazar que el fascismo se construye con especial apoyo de las clases medias.

La segunda es que las clases medias tienden a tener una educación superior que los demás. Todavía en los estados sociales europeos modernos es visible la desigualdad entre clases: la clase obrera tiende a porcentajes menores de población con estudios superiores e incluso en informes muy poco marxistas como PISA se cifra el efecto socioeconómico en el éxito escolar en lugar de la propia escuela/sistema en porcentajes muy elevados (60% vs 40). Esto teniendo fuertes compensaciones estatales a las desigualdades económicas, antes de la II Guerra Mundial era mucho más evidente.


Así pues, es difícil decir que la educación es una defensa frente al fascismo. Las clases educadas fueron grandes soportes del fascismo europeo. No quiero hablar demasiado de hoy día, porque la tendencia en Europa ha sido la difuminación del voto de clase (solamente hay que mirar el caos que supone el voto al PP). También porque el neofascismo y el populismo reaccionario-nacionalista no tienen el mismo carácter que tuvo en el pasado y, en buena medida, porque nuestras sociedades también han cambiado y no se mueven del mismo modo. Aun así, todavía podemos ver algunas correlaciones: UPYD es el partido que más votantes con estudios universitarios tiene, el Front Nationale tiene significativos porcentajes de votantes de nuevas clases medias (he visto 29% trabajadores manuales y 25% de nuevas clases medias).

En definitiva, creo bastante improbable que por leer vayamos a poder resistir mejor la llamada del fascismo o neofascismo. Sus antecendentes históricos muestran que la educación no hizo menos susceptibles a las clases que la tenían de ser atraídas por él (no son porcentajes muy elevados para los nazis, pero hay que entender que había más partidos para atraer su voto, muchos democristianos por ejemplo). Suele suceder que las ideologías tienen fuertes componentes de clase, porque las ideologías apelan a elementos que muevan al electorado. Si un partido habla de relaciones de producción, de explotación y bienestar seguramente atraiga mayoritariamente a quien pueda identificar sus problemas en ello.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

De PISAs y letras

Bad pun, I know.

El martes se publicó el informe PISA 2012. Para variar, todos se centran en la idiotez de los números del ránking, cuando las variaciones de nuestros resultados son inconsecuentes por la variabilidad (100 sobre 500). Por mirar esos ránkings, resultaría que nuestra educación es mejor que la sueca. 

La realidad es que el propio informe indica que España está dentro de la media, puesto que una variación de diez puntos está dentro de la desviación no significativa. Así, estamos al nivel de Noruega, uno de nuestros soñados países escandinavos. Lejos de Finlandia, claro, pero es interesante señalar que Finlandia ha sufrido un retroceso. Hay que dejarse de idealizar lo que hacen en X lugares y pensar seriamente lo que nos parece un problema, lo que queremos y cómo lo solucionamos.

Y lo que debemos querer es igualdad. No porque sea buena a nivel democrático, que también, sino porque el informe viene a demostrar que el bajo rendimiento de España proviene de la desigualdad. Existe la correlación entre CCAA con mejores rendimientos en aquellas con PIB per capita más altos. La diferencia entre los resultados de aquellos con mejores condiciones socioeconómicas y los de peores es ya de 34 puntos. Tiene sentido potenciar la igualdad para mejorar el rendimiento. Los más desfavorecidos son los que sacarán peores resultados, por lo que la escuela que dedique recursos a igualar sus condiciones con los demás obtendrá mejores resultados. Si elimináramos a los repetidores de la ecuación, España tendría un resultados de 519 puntos. Los repetidores son, casi siempre, los pobres. Y, ojo, que repetir curso no sirve de nada en la inmensa mayoría de casos. Como tampoco lo sirve elegir itinerarios pronto, que siempre acaba siendo un paralelismo de las diferencias de clase social.

Pero los indicadores muestran un empeoramiento de la equidad. La resiliencia es el porcentaje de alumnos en condiciones socioeconómicas desfavorables que, pese a ello, tienen un buen rendimiento. De 2009 a 2012 ha pasado del 8 al 6%. La diferencia entre los resultados de aquellos de mejor nivel socioeconómico y los de peor ha aumentado en 6 puntos. Nuestro sistema es todavía más equitativo que la media OCDE, pero en descenso.Los países que mitigan las desigualdades tienen mejores rendimientos.

Ante esto, desde el Gobierno central y desde el Govern de la Generalitat la respuesta ha sido la misma: culpar a los inmigrantes. La vicepresidenta ha dicho que todo esto señala la reforma que se necesita: la LOMCE. No importa que la LOMCE recorte en igualdad, segregue, haga más fuerte la repetición con sus reválidas y limite la relevancia de las letras (comprensión lectora sí o sí). Incluso en la OCDE recomiendan acabar con eso de repetir y trabajar en materia de igualdad. 

Pero tampoco es cosa del PP (o CiU) en exclusiva. La tendencia a la reducción de la equidad del sistema educativo existe desde 2003. Es lo que tiene que la desigualdad lleve mucho tiempo en aumento, aunque la crisis lo haya acelerado y ahora estemos viendo lo más descarnado de la desigualdad, como no se había visto en muchos, muchos años en este país. Mirando los números de Navarra, lo que hace evidente es que no se trata de un problema simplemente de sistema, si no tendrían resultados igualmente bajos.

Se podrán cambiar muchas cosas, pero si el problema de fondo no es la forma de educar y son los factores que rodean a la educación, una reforma de la calidad docente, de métodos didácticos o de la propia sociedad servirá de poco. Algo loable de Finlandia, más allá de lo que hace concretamente, es que,cuando piensa en su educación, lo hace pensando globalmente en la sociedad. Reconocer que la educación es un problema de todos, no esencialmente de inmigrantes, de docentes o de políticas públicas es un primer paso necesario para plantear soluciones, no parches disfuncionales. No digamos ya el usar la educación como otra arma política más del arsenal de la polarizada política española.

Para concluir añadiré algo a la reacción de estos gobernantes que no merecemos (y no por buenos, precisamente). Esa actitud que tienen respecto a la inmigración es el problema. Quieren culpar a alguien, no solucionar nada. No quieren una educación para todos, solamente quieren mitigar lo que estorban los marginados. La inmigración no es el problema, el problema es la desigualdad entre la persona que ha migrado y los autóctonos. Pero también entre los autóctonos hay grandes desigualdades, las mismas desigualdades que tampoco quieren ser solucionadas con una educación equitativa, que pasa por ser inclusiva y bien dotada de recursos. Cualquier solución que no pase por mayor igualdad fracasará, cualquier solución que solamente ponga el foco en una cuestión en detrimento de las demás disfuncionalidades seguirá fracasando. Está muy bien responsabilizar a los docentes, porque tienen su responsabilidad (más bien la política educativa sobre su formación, pero whatever), pero si se ignora lo demás va a servir de poco y menos que sean excelentes docentes sin medios para desarrollar su actividad didáctica o lidiando con aulas llenas de niños y niñas pobres que no tienen acceso a políticas equitativas.

¿Aprender de Finlandia? Sí, a pensar la educación y a actuar responsablemente. Hace falta menos PISA y más igualdad en las aulas.

PD: solamente viendo la porta de El Mundo sobre lo de PISA imagino cómo van a leer el informe a su muy sesgada manera. "Pese a aumentar su gasto en 35% la educación se estanca". Ahí no hay ninguna intención oculta, no.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Distopías y miedos en la ciencia ficción


Me centraré en el artículo y en lo que dice de Huxley, que es interesante por cómo suele verse como habiendo "acertado" en sus profecías... más que Orwell, dicen. Bueno, yo no creo que ninguno acierte, porque no están escribiendo del futuro, están escribiendo del presente.

Las dos cosas que dice que anticipa Huxley no las anticipa, era su sociedad. Tanto la sociedad del consumo como la sociedad tecnológica nacen a finales del XIX. El capitalismo globalizado proviene del XIX, no es algo nuevo (otro tema es esta forma de capitalismo globalizado que sufrimos). Entender esto es vital para entender de qué habla Huxley. Por qué no habla del futuro, sino que habla de su tiempo. Está escribiendo sobre lo que teme una persona criada en el pensamiento liberal burgués (su familia era de intelectuales británicos criados a mediados del XIX).

Y es su terror al consumo lo que marca su obra. Proviene de la decadencia del pensamiento burgués, liberal y tradicional que se ve desterrado por el capitalismo globalizado de fines del XIX. Por eso su pavor a la sexualidad desenfrenada, a la droga del placer como método de control social, que no consecuencia del dominio social y económico, como son las drogas en realidad. El pensamiento burgués tradicional pone un fuerte énfasis en la vida austera, en no llenar la vida de lujos innecesarios, de aquello no indispensable. Así, el consumismo no es más que derroche, es una forma de esclavizarse a la necesidad material por encima de la espiritual y la intelectual.

Su crítica al consumismo no se basa en ninguna razón ecológica (bueno, sería más apropiado malthusiano), no por ser una forma de enriquecerse de las élites económicas gracias al trabajo. De hecho, que no vea que es el poder financiero el rostro del dominio en el nuevo orden mundial demuestra que no estaba poniendo el foco donde debía (y en los 30 era perfectamente evidente como lo es hoy día). En esencia, su resistencia a la sociedad fordiana no proviene de un análisis de las relaciones entre capital y trabajo, sino que de la crítica moral y la amenaza a la individualidad burguesa.

De hecho, en este aspecto de individualismo es curioso que también Orwell plantee temas muy similares... lo que no sé es hasta qué punto Orwell habría sido un tradicionalista. En cualquier caso, diversos elementos de la sociedad que teme Huxley provienen de su temor a la pérdida de individualidad: niños educados en grupos para destruir su individualidad, condicionamientos psicológicos para someter el pensamiento individual al pensamiento social, reproducción artificial que deshumaniza, incluso el sexo libre deshumaniza.

Porque, realmente, cuando alguien escribe ciencia ficción distópica o utópica, lo que está haciendo es plantear los temores y anhelos que es persona tiene (y que se corresponden al pensamiento de otros, claro). Huxley no inventa la sociedad de masas consumista, lleva al extremo lo que más teme de ésta.

Y dejemos una cosa clara: vivimos en una sociedad postindustrial con poco que ver con la sociedad fordiana. No vivimos en un bucle de producción sin fin que solamente se justifica a sí mismo a través de este sistema de consumo. La sociedad de consumo tiene muchas fallas, pero fue también la que puso al alcance de un número inusitado de personas instrumentos para mejorar su calidad de vida. Para comunicarse, para disfrutar y para trabajar menos en algunos aspectos. Por eso el comunismo nunca buscó destruir el consumo, solamente suplantar las relaciones sociales y económicas que había tras él.

Podría pensarse que Huxley plantea, a través de sus castas, también la explotación económica. Pero hay que recordar que no plantea que los productores sean los prisioneros, lo es toda la sociedad al margen de su función. Es una sociedad totalitaria que tiene más que ver con la república de Platón que con un modelo social real. También es una sociedad que no se estructura por la producción y el consumo, sino que producción y consumo son métodos de control social y aparece originada primero como modelo intelectual que se impone a través de las diversas formas de control. De hecho, la propia estructura social no es más que el medio para lograr el fin deseado por la sociedad fordista del libro: la paz y la estabilidad social de una sociedad feliz. A partir de esta idea se crea todo: castas modificadas y condicionadas para cumplir una función que, a su vez, les hace felices por lograrlo. Drogas, sexo y consumo para satisfacerlos y que no deseen ningún cambio, ni imaginarlo siquiera.

¿Acierta? Es lo menos interesante. Huxley plantea una pregunta básica: ¿es más importante la libertad o la felicidad? Y el contexto de la pregunta lo construye a través de todo lo que teme de su propio mundo. No nos está advirtiendo del futuro que se acerca, está hablando de su tiempo. Pero nuestra sociedad es todavía muy parecida a la sociedad de Huxley (sociedad de masas, de consumo, absolutamente socializados en el individualismo y el capitalismo, etc), las cosas que se pregunta y teme resuenan con fuerza en nuestro pensamiento colectivo.

Y, por concluir y enlazar con el título, las mejores distopías son las que logran cuestionar sus sociedades, que la gente comparta la crítica y medite sobre aquello que temen y a dónde lleva el camino que están tomando. Orwell nos hace pensar sobre los regímenes totalitarios y las élites que los controlan, del seguidismo acrítico de la ideología. Hyxley nos hace pensar en libertad, en los placeres y la felicidad como fin. ¿Qué distopía podría escribirse hoy en día? Alguna ciencia ficción se ha escrito sobre el capitalismo sin límites: Leyes de mercado de Richard Morgan. Hace poco la película Elysium hablaba de inmigración y desigualdad social. La ciencia ficción podrá disfrazarse del futuro, pero la que no trata específicamente sobre la especulación científico-tecnológica, siempre, siempre, trata sobre su presente.